Editorial

Cartagena es más que libros y edificios

El inicio del año 2020 en Cartagena estaba cargado de grandes expectativas. Un gobierno disruptivo había llegado sorpresivamente al Palacio de la Aduana. La mayoría de ciudadanos no conocía al nuevo mandatario, su formación y experiencia en la gerencia pública, ideólogos, programa de gobierno, filosofía, apoyos financieros y equipo de trabajo.

Cuando ya se empezaba a perfilar el carácter del nuevo gobierno, apareció de la nada el Covid-19. El coronavirus llegó, se volvió pandemia y se quedó en nuestro mundo. A partir de allí se trastornó el orden establecido en el planeta. Empezaron cambios impensados y las dinámicas sociales ya no fueron las mismas.

A finales de julio de 2020, los efectos del nuevo coronavirus han dejado de ser especulaciones y se han convertido en realidad. Sus implicaciones sociales, económicas, políticas, ambientales y culturales, las padecen humildes y afortunados.

En Cartagena, cientos de guías turísticos y vendedores -permanentes y estacionales- no tienen trabajo desde hace más de 100 días; empresarios de hostales, restaurantes, bares, discotecas, joyerías, están cerrando sus negocios; cada día hay más locales vacíos adornados con un cartelito de “Se arrienda”. El corralito de piedras está desocupado, silencioso y triste; la cotidianidad cartagenera ha desaparecido, sus calles y casas se asemejan más a una gran urbanización del interior andino que a la plaza bulliciosa de un puerto del Caribe.

El futuro para los próximos meses no es claro; por el contrario, es turbio, brumoso, complejo y desalentador. El comercio está resentido, la industria se desaceleró, la construcción no se recupera, el comercio exterior está semiparalizado, el desempleo y el subempleo están disparados.

A pesar de ello, la agenda pública de la ciudad está dominada por temas como el Aquarela, el Libros Blanco, las explicaciones permanentes de la jefa de contratos de la alcaldía y el lenguaje irracional de un mandatario que tiene infinidad  de problemas y desafíos que la anárquica Cartagena presenta.

Es hora de trabajar en los temas que trascienden la coyuntura; en políticas públicas para la reactivación social y económica, en la generación de empleos e ingresos para las familias cartageneras, en proteger a los grupos más débiles y pobres de las localidades, comunas y barrios, en la recuperación de los subsectores del turismo, los micro y pequeños negocios.

Que bueno sería ver al Alcalde reunido con funcionarios del alto gobierno nacional, organismos internacionales como la ONU, OMS, PNUD, centros de pensamiento, universidades, etcétera, definiendo estrategias y acciones para superar los retos de esta crisis que tiene tantos brazos perturbadores.

La comunidad está denunciando hechos que se constituyen en indicadores alarmantes: la ola de atracos, asesinatos, violencia intrafamiliar, riñas callejeras, entre otros. Hasta la Policía Metropolitana está siendo cuestionada por el uso de la presunta fuerza innecesaria contra la población civil.

Esas alteraciones en el comportamiento de las personas podrían evidenciar problemas sicológicos consecuencia del drama social. Es la crisis de salud mental que viene tras las social y económica.

Los cartageneros de todas las condiciones -edad, sexo, clase, preferencias, credo y pensamiento- debemos tener conciencia sobre la existencia de temas más urgentes que tratar, inmediatos que resolver, insoslayables de atender, so pena de destruir el tejido social y entrar en una fase de desestabilidad y disturbios sociales.

Por eso, los líderes gubernamentales, políticos, económicos, sociales, académicos, religiosos y comunitarios, debemos concientizarnos que Cartagena es más que Aquarelas, libros, papeles y marcadores.

Queremos ver al Alcalde utilizando la parafernalia comunicativa dominical, para presentar un informe semanal sobre cómo vamos saliendo de la crisis de salubridad, los adelantos en el plan de reactivación social y económica, el plan de saneamiento financiero, la entrega de ayuda humanitaria, los apoyos recibidos del gobierno nacional, países amigos, ONG internacionales, ayudas locales, decretos para rescatar a nuestras empresas y negocios. En fin, ver a un mandatario gobernando a una ciudad que lo eligió para que la transformara en una sociedad más ética, igualitaria, incluyente y desarrollada.

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