Columnista

El viejo Mañe

Por: Enrique del Río

Abogado, magister en Derecho, profesor universitario, columnista 

Hoy recuerdo vívidamente cuando era un niño que transitaba por los siete años y ansiosamente esperaba las noches de fin semana cuando mi primo Mañe volvía de su soleado trabajo en las playas de Bocagrande. Para esa época, él representaba la cercanía más grande con la felicidad, pues generosamente procuró no dejarme con la boca abierta ante la vitrina repleta de helados de la tienda del cachaco.

Él siempre ha sido un bacán, una fusión curiosa de influencias culturales adquiridas durante su trasegar por varias latitudes de la costa atlántica. Se dice que nació en Pinto Magdalena en 1962aunque mi querido tío Alberto insiste vehementemente que fue en Zorra, un corregimiento más lejano. Vivió en Barranquilla, de allá heredó el amor por la música salsa, aunque adora igualmente la champeta, el vallenato y hasta lo recuerdo bailando rítmicamente break dance y la disco de John Travolta.

No ha tenido una vida fácil, la falta de estudio y oportunidades lo han golpeado, pero no se derrumbasigue siendo un luchador incansable. Cuando del alimento de sus hijos se trató le correspondió con gallardía emprender cualquier tipo de oficio, tal ha sido su energía que incluso se aventuró sin éxito a la política. Esta última sí que le desgastó los zapatos de un comando a otro; vivió como rey durante los días previos y durante las elecciones, después, como era de esperarse, era víctima del desdén, aunque muchos políticos locales lo aprecian y atienden, aún sabiendo que ni cédula tenía.

Es un buen tipo, no lo dudo, siempre tiene marcada la sonrisa en su rostro sin importar las circunstancias, inclusive ante reacciones groseras. No se ha tomado la vida tan en serio, ha sorteado la realidad con astucia, ese puede ser uno de los secretos de la felicidad, por eso se mantiene pulcro con las limitaciones del bolsillo, esas que le impedían motilar con frecuencia su india cabellera. A propósito, en una ocasión un peluquero domiciliario antes de cortarle el pelo le preguntó por el estilo deseado, Mañe respondió sin dubitación hazme el corte del binomio de oro; las órdenes fueron cumplidas inmediatamente y cuando la máquina había pasado varias veces, notó con sorpresa que le habían bajado demasiado, por lo que a gritos exclamó ¡aguanta, aguanta, es el de Rafael Orozco no el de Jean Carlos!

Otro día lo invité con algunos familiares al kiosco El Coreano, allí quería demostrar sus dotes de salsero, pero le salió un gran contendor, un profesional del baile hasta con traje de luces que en un santiamén lo dejó regado, me miró con algo de vergüenza ante la protuberante derrota, se acercó y al oído me dijo “¡lo dejé ganar, vive de eso y no podía dejarlo en ridículo!“ Ese es él, Manuel Salvador Ortega, mi tío primo, un digno exponente de esos hombres que se buscan la vida contra la adversidad y que hoy recuerdo con especial cariño.

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