En los zapatos de un limpiador de vidrios: La otra cara del subempleo en Cartagena

En los zapatos de un limpiador de vidrios: La otra cara del subempleo en Cartagena

Treinta segundos. Eso es lo que demora, según Josué Salazar, en cambiar el semáforo que está ubicado al final del puente Heredia, que comunica el Centro con el Pie del Cerro. Son los treinta segundos más tensionantes. Hay que actuar con rapidez, porque las manecillas del reloj se apuran y cada momento es valioso en esta labor.

Josué es un joven de 21 años que, por situaciones adversas, tuvo que huir del régimen que hoy viven en Venezuela y probar un nuevo destino en nuestra ciudad.

Salazar tiene seis meses en ‘la Fantástica’ y tres de ellos los ha dedicado a limpiar vidrios. En su país, encantaba a las personas con sus pasos de baile, pero aquí no hay melodía que permita que su cuerpo se mueva. El joven venezolano cuenta que ha trabajado en restaurantes y almacenes pero, desafortunadamente, sus jefes han tenido otras intenciones que hacen que él prefiera dar un paso a un lado y seguir su camino.

“Aquí no tengo quien me mande y así me ha ido mucho mejor”, afirma Josué. Como en todo empleo, aquellos que limpian vidrios han establecido horarios, para que todos tengan cabida, ya que, tanto nativos, como extranjeros, sobreviven de las cuantas monedas que reciben brindando este servicio de limpieza.

El primer turno empieza a correr desde las 5:30 de la mañana, hasta las 3 de la tarde. El siguiente es de 3 p.m. a 8 de la noche, y el último es hasta la 1 de la madrugada. Entre ellos se han organizado para que todos tengan oportunidad de “rebuscarse” en este semáforo y, probablemente, este es el mismo mecanismo que utilizan en el resto de la ciudad. “Nos tuvimos que organizar porque los venezolanos no somos los únicos que nos ganamos la vida así, hay cartageneros que también trabajan en esto y no podemos venir a quitarles el lugar donde ganan el sustento. Gracias a Dios han sido buenos y por eso establecimos horarios, así nadie queda descontento”, dice el joven limpiavidrios.

“¡Vamos a la pista!”

Luego de conocer la historia de este venezolano, era mi turno de ponerme en sus zapatos. Josué me prestó sus dotaciones, una botella con agua y un limpiador de vidrios, pero antes de proceder, me dio unas clases.

Un vehículo que estaba parqueado a un costado de la vía sirvió para la práctica. Me da los implementos: un limpiavidrios, que tiene un mango de, aproximadamente, 50cm, que de un lado tiene espuma y del otro caucho. Así mismo, una botella con un orificio en la tapa que contiene una combinación de agua, con un poco de detergente.

En primer lugar agrego el líquido, limpio con la esponja y, posteriormente se seca, de la mitad hacia afuera. Una clase de dos minutos bastó y luego de eso Josué me dijo: “Vamos a la pista”. Cuatro palabras que pusieron mis pelos de punta. No sabría la reacción de las personas cuando, inesperadamente, les apunte con un chorro de agua. ¿Se enojarían? ¿Aceptarían que les limpie el panorámico?, en mi mente tenía decenas de preguntas mientras el semáforo cambiaba a rojo.
La luz empezó a parpadear y era mi momento. Debía prepararme para enfrentar aquella realidad que muchos ignoramos. Josué me recalcó que debía actuar rápido, ya que el semáforo estaba descontrolado y solo tendríamos treinta segundos.

El reloj marcaba las 2 de la tarde, pronto se acabaría el turno de Josué y tendríamos que finalizar la actividad para darles paso a los siguientes trabajadores. El sol estaba inclemente y podía sentir como me calentaba mientras varias personas se negaban a que les limpiara el vidrio. Luego de varios no, Josué levantó sus hombros dándome a entender que es normal. Unos minutos después por fin una persona accedió, era un vehículo particular. Josué y yo limpiamos el panorámico y a cambio nos dieron $200 pesos. Era mi primera remuneración en esta exhaustiva labor, pero fue el único que alcanzamos a limpiar en ese semáforo. Los segundos son demasiado cortos y mi poca agilidad impedía que abarcáramos más carros.

Pica moneda

Hasta ese día me enteré como repartían el dinero. Le entregué los $200 a Josué y me dijo que de eso me pertenecían $100 pesos. “Mira aquí nos ganamos la vida así, esto se llama ‘pica moneda’, si limpiamos el vidrio entre ambos, la ganancia va para los dos, así que si nos dieron $200, $100 son para ti y $100 para mí”, me dijo Salazar con una sonrisa en su rostro.

El tiempo es corto, así que tuvimos que volver a la “pista”. “¿Te puedo limpiar el vidrio?”, le decía a los conductores, mientras que al mismo tiempo les mostraba mis materiales de trabajo. Si me respondían negativamente seguía mi camino, de lo contrario, Josué y yo hacíamos la limpieza. Un taxista nos dio la mayor propina… $500 pesos.

El truco

Muchas veces, mientras conducía, me enojaba cuando, sin preguntar, simplemente le agregaban agua al vidrio, ese día entendí porqué lo hacen. “Mira, Luisa, es que si te pones a preguntar si quieren que les limpies el vidrio pierdes tiempo, tú échale el agua de una, que si enciende el parabrisas sigues con otro y ya, hay unos que dejan que lo hagas”, me dice Josué mientras se ríe, luego de manifestarle mi preocupación por no haber limpiado muchos carros en varios semáforos.
Al recibir la instrucción de Salazar procedí. Estaba nerviosa, pensaba que alguno sería grosero por hacer esto, pero me armé de valor y salpiqué con agua en el panorámico de un taxi sin dudarlo. Al señor no le quedó de otra que permitir que le limpiáramos el vidrio. Nos dio $300 pesos.

Pocos minutos faltaban para que finalizara el turno de Josué y ya dos de los siguientes chicos habían llegado. Estefany, otra venezolana que, con su barriga de embarazo de seis meses, y escasos 17 años, también se gana la vida de esta forma. Ella, junto a su marido, limpia vidrios en este semáforo del Puente Heredia. La vida no ha sido fácil para ella, ya que hace dos años pisa tierras colombianas y hace tres se dedica a limpiar vidrios, anteriormente vendía toallitas húmedas.

Quedaba poco tiempo y ya sentía no poder más, el calor y la sed me invadían, así que le propuse a mi compañero terminar la actividad. Josué juntó las monedas que recogimos y empecé a contar… $2.000 mil pesos reunimos, ni un centavo más, y como Josué quería aplicar la ley del ‘pica moneda’, me correspondían $1.000 pesos. “Uf, pero no te fue tan bien, es para que hubiésemos recogido $4.000 mil pesos. Aquí la ganancia es muy inestable, ayer una persona me dio un billete de $50.000 mil pesos y yo sentí que me hice el día, pero también hay veces que solo dan una moneda de $50 pesos, o no dan nada”, asegura Josué.

Al final, Salazar se merecía todo el dinero. Reside en la María en un pequeño aparta-estudio que comparte con su pareja y debe pagar arriendo, servicios y alimentación. Él asegura que su trabajo en el semáforo le da el sustento y, aunque hay días en que la ganancia no es mucha, al final del mes logra reunir todo lo necesario para sobrevivir. El futuro de este joven venezolano es incierto, me dice que quiere probar suerte en otras ciudades de Colombia pero, por lo pronto solo tiene palabras de agradecimiento para Cartagena.

Estas personas trabajan bajo el sol inhóspito, donde se junta el hambre con la cotidianidad. Su servicio es poco remunerado y bastante ignorado, sin embargo por la falta de oportunidades laborales, es así como se ganan la vida.