Editorial

Inquietudes ciudadanas

El Covid-19 vino, infectó y se quedó. O por lo menos parece empezar a ser aceptado como algo normal en las comunidades de nuestra ciudad. Al principio, la sola posibilidad de que se diera en Colombia causaba angustia y temor. Luego, cuando se presentó el primer caso, la preocupación era que no llegara a Cartagena. La octogenaria paciente inglesa que se bajó del crucero, con la anuencia de las autoridades distritales, y la presencia de cinéfilos europeos y americanos, nos aterrizaron a la realidad mundial: el nuevo coronavirus estaba en nuestras tierras y se convertía en una amenaza para toda la sociedad.

En marzo de 2020, primer mes de convivencia con el virus de origen chino, el ambiente estuvo empapado de incertidumbre y miedo. Al registrarse los primeros casos positivos, la gente saltaba de preocupación y se empezaron a tomar las primeras medidas básicas de protección. En el mes de abril, las cifras empezaron a aumentar en forma aritmética; los pacientes con el virus aparecieron inicialmente en el personal médico que trabaja en los hospitales, taxistas, familiares de los afectados y turistas extranjeros.

En mayo de 2020, los infectados y los fallecidos empezaron a crecer de manera geométrica. La enfermedad no distinguía entre razas, clases sociales, nivel económico, ubicación geográfica, religión ni oficio. La curva empezó a empinarse con prepotencia.

En las dos primeras semanas del mes de junio, el crecimiento de los enfermos se desbordó; los infectados se contaron por cientos, las cifras señalaban 200 positivos y los muertos fluctuaban entre 7 y 10 por día. El gobierno distrital tomó medidas extremas y, en ocasiones, erráticas. El Gobierno Nacional, después de varios llamados de empresarios, gremios, políticos, ciudadanos y periodistas, nombró a un enlace entre la capital del país y Cartagena. A partir de allí, se percibió un mejor manejo de la situación y una estrategia efectiva para controlar la pandemia. De hecho, el ministro de la salud informó que la tasa de crecimiento del coronavirus en Cartagena ya estaba por debajo del promedio nacional.

Esa noticia positiva, que podría augurar un escenario favorable para los cartageneros, está quedando relegada por algunas inquietudes manifestadas por distintos grupos de ciudadanos. En primer lugar, preocupa la forma como nos hemos acostumbrado a recibir los datos de infectados y fallecido. Lo que antes era dramático, hoy parece normal: 150 o 200 casos positivos en un día, ya no generan los mismos efectos que producían tres meses antes.

Por otro lado, nadie dice y pocos preguntan cómo va y para cuándo están listos los dos pisos del Hospital Universitario del Caribe para atender a los pacientes de Covid-19. No se indaga por cuántas nuevas camas UCI están disponibles; si se habilitaron nuevas clínicas, si llegaron los reactivos, si el personal de salud cuenta con las medidas bioseguridad que la epidemia amerita; en cuánto está el porcentaje de ocupación de camas y la disponibilidad que hay para los cartageneros, y cuántas pruebas diarias se realizan y procesan para medir la dimensión del priblema.

La situación está tan alarmante que ni siquiera la sociedad se pregunta por qué en una crisis de esta naturaleza y peligrosidad, está vacante la dirección del DADIS, oficina responsable de la gestión de la salud para un millón de personas, sino una funcionaria de segundo nivel encargada en esa secretaria. ¿Es que la cosa es tan poco importante que se puede manejar sin un titular y solo con una suplente al frente del equipo?

Esta semana la atención parece estar centrada en dos temas paradójicos: la quiebra de Cartagena y el Plan de Reactivación Económica y Social. El alcalde dice que la ciudad debe dos billones de pesos, está quebrada y piensa acudir a la Ley 550 de quiebra económica. Un par de días después, el mismo gobierno distrital y los gremios lanzan un S.O.S. para Cartagena ante el Presidente de la República y su gabinete.

Estamos hablando de medidas pos-Covid-19, cuando no hemos podido domar, neutralizar, derrotar al coronavirus. ¿No estaremos ensillando las bestias antes de traerlas al corral? Prepararnos para el día después de la pandemia está bien. Eso es algo que debe hacerse con anticipación, planeación y mucha responsabilidad social. Pero igual es importante, derrotar a la enfermedad para aplicar el tratamiento de recuperación.

Los cartageneros tenemos que mantenernos alertas con el Covid-19, y una manera de hacerlo es formulando las preguntas pertinentes. No podemos ser indolentes con los enfermos y nuestros muertos. Cada día hay que estar mejor preparados para controlar al virus. Hay que seguir haciendo las preguntas y exigiendo a la administración distrital que las responda.

Por ejemplo, hace una semana se espera respuesta del Ministerio del Interior las solicitudes del Alcalde sobre el confinamiento de la población (toques de queda y ley seca), restricciones a la movilidad en algunos barrios, la sostenibilidad de Puestos de Mandos Unificados, entre otras.

Porque 334 positivos el jueves 25 de junio de 2020 y 12 pacientes fallecidos en Cartagena, son una fatalidad, una tragedia humana de proporciones inéditas.

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