Columnista

La locura tiene el control

Por: Leonel Albarracín

En los días precedentes, además del aumento en el número de muertos e infectados por el covid-19, que se ha sostenido entre los más elevados del país, se vinieron a sumar algunos hechos que atentan contra la imperiosa necesidad que tenemos los ciudadanos de sentir confianza frente a aquello que las autoridades están realizando.

Primero fue la sorpresiva renuncia del director de salud de Cartagena, que no demoró en declarar a los medios locales la falta de una comunicación fluida con el jefe de gobierno, el desconocimiento a algunas de sus directrices para controlar el crecimiento de la pandemia y la intromisión de otras personas en el manejo de sus funciones. A todo ello se agregó el rumor nunca desmentido, que señalaba una presunta agresión verbal del alcalde, razón que habría actuado como el detonante de su retiro.

Al tiempo que esto ocurría, el Presidente nacional de la ANDI, Bruce Mac Master, hacia un llamado público a las autoridades de la ciudad para que se designará a un gerente de la crisis. El mandatario local decidió responderle afirmando que el dirigente gremial carecía de experiencia económica en tiempos de pandemia.

Se conoce ahora de una nueva baja en el gabinete. La gerente de ciudad, Mónica Fadul, quien actuaba en apariencias solamente como la segunda de a bordo.

Los exabruptos verbales del alcalde de cartagena son de sobra conocidos. Le dieron beneficios electorales durante su campaña y cada vez que se siente acorralado o alguna crisis está por estallarle, encuentra objetivos bien dirigidos contra quienes hacer una descarga de improperios, que ya en casi una docena de oportunidades, lo han llevado a retractarse por decisiones judiciales que así se lo han ordenado. La tribuna que antes aplaudía y hasta cacerolazos de apoyo había promovido empieza a desconfiar.

Todo esto bien podría tratarse de simples episodios de parroquia, convertirse en parte del anecdotario que acompaña el periodo de los gobernantes, y más aún, seguir creyendo que se trata de una cuestión de estilo inapropiado, pero no tanto como para acabar por eso, en un descabezamiento del alcalde.

Digamos entonces que son otros los temas que deberían preocupar más al alcalde y a nosotros los ciudadanos. Transcurrido casi en su totalidad el primer semestre de su administración, ya han quedado registradas varias situaciones que podrían estar convirtiéndose sin que se sepa, en amenazas de mucho riesgo para la estabilidad del gobierno de Cartagena.

Pasemos por alto los dolores de cabeza jurídicos que el señor Dau tendrá que afrontar a causa de nombramientos surtidos en favor de su círculo más cercano, desatendiendo las recomendaciones que dentro de su equipo y fuera de el le hicieron señalando las inhabilidades que en el marco de la ley aplicaban para ellos.

Tendrá también el alcalde que emplearse a fondo en su defensa jurídica para contrarrestar el pronunciamiento hecho por la Contraloria Distrital hace un par de semanas, donde se abstiene de dar concepto favorable respecto a los contratos ejecutados durante el periodo de emergencia manifiesta, la cual fue informada al órgano de control apenas un mes después de haberla decretado.

Algunos de estos contratos fueron de pública exposición cuando medios locales y veedores ciudadanos denunciaron un posible tráfico de influencias que estaba surtiéndose entre familiares de algunos funcionarios y patrocinadores de la campaña de William Dau como candidato a la alcaldia.

Por otro lado, cursa en estos momentos para su discusión y aprobación en el Concejo Distrital, el plan de desarrollo presentado por la administración. El primer crítico de este proyecto fue el Consejo Territorial de Planeación que advirtió de gruesas similitudes (para no usar la palabra plagio), con otros planes de desarrollo presentados en administraciones anteriores, y también dejó entrever carencias técnicas que dificultan su revisión e imposibilitan hacer mediciones exactas de su posible ejecución.

Algunas personas que han revisado el texto han advertido de ausencia de indicadores, de metas específicas y de fuentes de financiación reales o verificables. También es pertinente mencionar que no hay ninguna línea dentro del plan que haya sido redactada, tomando como referencia; las afectaciones sociales y económicas que dejará el coronavirus. Dicho sea de paso, estos ajustes sí se observan en el plan de desarrollo presentado por la Gobernación de Bolivar a la Asamblea Departamental.

Pocos ciudadanos saben que a fecha de hoy la administración de Cartagena no ha presentado el cierre de tesorería y contabilidad del año inmediatamente anterior. Esta es tal vez una de las más importantes herramientas que cobijan los principios de planeación y transparencia pública. No conozco ningún caso en los últimos treinta años donde el cierre fiscal de la ciudad no haya sido presentado como muy tarde, antes de finalizar el mes de febrero.

Hasta ahora han podido maniobrar presupuestalmente porque han establecido un cierre parcial, una figura bastante extraña que no despeja preocupaciones muy grandes que ya empiezan a filtrarse entre expertos y conocedores.

Revisando algunos documentos y conversando con personas que conocen muy bien del asunto, se puede decir qué hay un consenso sobre el déficit gigantesco que hoy arrastra la ciudad y que traerá consecuencias terribles financieramente hablando. Las diferencias únicamente se dan en el estimado de la deuda. Mientras algunos mencionan obligaciones cercanas a los doscientos mil millones de pesos, otros la extienden a una cifra superior a los cuatros cientos mil millones. Todo depende del maquillaje.

Ya me estoy imaginando la ola de demandas y embargos que ataran de manos el desarrollo de la inversión pública durante el gobierno del alcalde Dau. Volveremos a los tiempos de los acuerdos de reestructuración de pasivos y a las negociaciones con los acreedores del Distrito.

De todo esto y mientras el desenlace llega, la única verdad que ya nadie discute, es que la locura camina por los pasillos del Palacio de la Aduana.

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