Columnista

Automedicarse o no automedicarse, esa es la cuestión

Por: David Valdelamar Rosenstand

Médico Especialista en Anestesiología y Reanimación, Master Tratamiento del Dolor

Cada vez que alguien enferma o presenta algún síntoma es común recurrir a diferentes formas de tomar medicamentos sean naturales o farmacológicos antes de consultar con un médico. Desde jarabes para la tos, analgésicos en cualquier presentación hasta inyectables administrados por personal con pobre formación o en algunos casos por la misma persona.

Los medicamentos han existido desde siempre. Desde primitivas épocas cuando el hecho de enfermar se le atribuía a la magia, dioses o hechicería, la administración de medicamentos estaba sujeta a los chamanes, brujos o a quien se dedicara a la tarea de curar, dejando un respetado espacio para la práctica de alguna manera de un ejercicio reservado a quienes tenían los conocimientos propios del comportamiento de las sustancias que se utilizaban para curar y como influían estas en el funcionamiento del cuerpo. Mas adelante cuando el pensamiento humano evolucionó y las civilizaciones se desarrollaron podemos citar hitos relevantes como las curaciones en el antiguo Egipto mediante infusiones de hierbas o las aplicaciones de esencias mezcladas con miel, azúcar o aceite en la Roma antigua para los males aquejados en aquella época.

Siempre dejando un espacio reservado para los doctores, estudiosos o practicantes de ciencias naturales evolucionadas hacia la medicina, considerada desde sus orígenes, como una práctica exclusiva de quienes le dedicaban a la enseñanza de sus conocimientos. Esta labor ponía en un lugar de importancia radical al médico de la época llegando a considerarse incluso esenciales para el desarrollo de la sociedad.

Los diferentes grupos farmacológicos que en entre sus principios activos contienen sustancias tales como analgésicos, antibióticos, antigripales y descongestionantes también comparten el poseer sustancias que se utilizan para mezclarlas como ciertos azucares, gelatinas, ácidos y talco denominados excipientes, que si bien no ejercen una acción terapéutica pueden representar un papel importante en el desarrollo de intolerancias, alergias o reacciones adversas no atribuibles a la molécula principal ingerida.

La forma como los medicamentos actúan y se distribuyen en el organismo pertenece al estudio de ramas especificas de la farmacología como son la farmacocinética y la farmacodinamia, ciencias básicas durante la formación médica, donde se aprende no solo los diferentes efectos deseados que se pueden obtener cuando se administran sino también sus consecuencias, efectos secundarios, sobredosificación y peligros asociados.

Los medicamentos según la prescripción médica se pueden clasificar en los de venta libre y los de receta médica. Los de venta libre a su vez podemos dividirlos en especialidades farmacológicas publicitarias (EFP) que corresponde a medicamentos publicitados en los medios de comunicación masivos y los productos OTC (Over-The-Counter) los cuales son utilizados para el alivio, tratamiento o prevención de afecciones menores toda vez que se posee amplia experiencia en su uso y se han autorizado con estos fines. Otro concepto al respecto es el de DTCA (direct-to-consumer-advertising) o publicidad directa a los ciudadanos de medicamentos con receta médica, y que por tanto mantienen el mismo nombre comercial que el original. En la actualidad sólo es legal este tipo de publicidad en EE.UU. desde principios de los años 80, y en Nueva Zelanda desde mucho antes, sin que se haya instaurado en ningún país latinoamericano.

Los medicamentos con receta médica son precisamente el grupo de mayor interés para el manejo de enfermedades que ameriten tratamiento serio y que pueden derivar en complicaciones asociadas a una mala prescripción sin bases en la farmacología y el comportamiento biológico de la enfermedad. Reacciones alérgicas, intolerancia a los medicamentos, aumento de la resistencia a antibióticos, efectos no deseados e incluso la muerte son situaciones que pueden derivarse de administrar medicamentos sin conocimientos o por la mano propia del paciente o quienes le rodean.

La responsabilidad derivada de la administración de una sustancia terapéutica es competencia exclusiva del médico o personal de la salud legalmente habilitado para tal fin siendo contraproducente cualquier práctica que vaya en contra de esta.

En la cultura popular vemos como se ponen de moda tratamientos milagrosos de acuerdo al momento y cualquier persona aconseja de manera imprudente la toma y administración de los mismos sin ningún tipo de conocimiento ni responsabilidad asociada. Nuestras urgencias y centros hospitalarios reciben con frecuencia muchas consultas por intolerancia a medicamentos, reacciones adversas o alergias por motivos de la automedicación.

La automedicación se ha definido de forma clásica como el consumo de medicamentos, hierbas y remedios caseros por propia iniciativa o por consejo de otra persona, sin consultar al médico. Hoy en día, la automedicación debería ser entendida como la voluntad y la capacidad de las personas-pacientes para participar de manera inteligente y autónoma (es decir, informada) en las decisiones y en la gestión de las actividades preventivas, diagnósticas y terapéuticas que les atañen.

Esta práctica es un tema controvertido, debido a que existen quienes la rechazan de plano, argumentando los daños que puede generar a la sociedad el uso indiscriminado y sin orientación médica de los medicamentos; y quienes la defienden, aduciendo que es la forma de optimizar y equiparar la atención en salud a toda la población.

En general, las personas recurren a la automedicación cuando consideran que el problema de salud no es grave, por falta de dinero, por falta de tiempo o por falta de credibilidad en el sistema de salud y/o el médico. Por lo tanto los esfuerzos se deben dirigir hacia la educación de los pacientes y farmaceuticos en el uso de medicamentos de venta libre (OTC), con el fin de optimizar la utilización de este valioso recurso terapéutico.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), apuesta por un uso racional de los medicamentos. Entendemos el medicamento como un instrumento de salud y no como un bien de consumo, por lo que su uso debe adecuarse a las necesidades de cada individuo. Sin embargo, el creciente protagonismo de las empresas farmacéuticas conduce a situaciones donde los criterios del mercado pueden entrar en conflicto con los aspectos éticos o las prioridades de Salud Pública, sobre todo con las más recientes legislaciones sobre publicidad y marketing farmacéutico.

Conviene resaltar que no toda automedicación es inadecuada por sí misma; se debe abogar por una automedicación responsable. Las diferencias entre este tipo de automedicación y la clásica se encuentran principalmente en que la automedicación responsable requiere un conocimiento previo de los síntomas (leves y menores) hacia los que van dirigidos los medicamentos. Se contrapone a la autoprescripción, o uso indiscriminado de fármacos sin indicación ni supervisión facultativa, por indicación de un familiar o conocido y ademas incrementa la autonomía y responsabilidad de las personas en su salud.

Para fomentar una automedicación responsable, el mayor esfuerzo radica en la educación para la salud o enseñar a automedicarse, que incluye iInformación sobre la enfermedad: su origen, gravedad y complicaciones: debe usarse un lenguaje sencillo. Dar un consejo terapéutico sobre el fármaco, la dosis, los efectos adversos, la duración y la actuación a realizar si existe mejoría o agravamiento del proceso patológico. Para ello se requiere un lugar con medios apropiados y asegurar la confidencialidad de los datos. Y trabajar en la educación o el qué hacer en episodios similares y qué fármacos tomar; identificación de signos de alarma que obligan a consultar al médico, actitud positiva frente a la auto-observación, favorecer la colaboración y la comunicación.

Finalmente el médico debe desempeñar un papel activo en la educación sanitaria de sus pacientes con respecto a la automedicación responsable, ya que ésta requiere un conocimiento previo del paciente y su enfermedad, así como continuidad en el diagnóstico, seguimiento y tratamiento. El médico es el profesional principalmente implicado en informar y educar sobre la enfermedad, identificar episodios similares y decidir qué hacer ante la aparición de los mismos (signos de alarma que obligan a consultar de nuevo, etc.).

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba