Columnista

Ejército

Por: Germán Zapata

Administrador público, especialista en gerencia de proyectos, exconcejal de Cartagena. Directivo de ASI 

El Ejército Nacional de Colombia es la fuerza militar terrestre legítima, parte de su misión es proteger a la población civil para contribuir a generar un ambiente de paz, seguridad y desarrollo. El Presidente de la República es el Comandante Supremo y tiene la atribución constitucional de «dirigir» y «disponer» de la fuerza pública.

Pasados dos siglos y contrario a su misión; el Ejército Nacional ha sido objeto de varios escándalos: en 1919, masacre de 20 sastres por el Batallón Guardia presidencial, ante la protesta contra la importación de uniformes para el Ejército.

No podemos olvidar en 1928, la masacre de las bananeras; 1800 muertos y 100 heridos, En 1954, ante una manifestación de universitarios en el centro de Bogotá, 9 muertos y varios heridos; en 1963, 12 huelguistas de Cementos El Cairo; en 1968, ante las protestas en la Universidad Nacional contra el gobierno el Ejército cierra la Universidad durante 2 años; en 1971, lMasacre en la Universidad del Valle y barrios populares de Cali produjo 8 muertos y 47 heridos.

Cuando apenas yo daba mis primeros pasos, en 1978, torturas y muertes en las Cuevas de Sacromonte; 1981, Masacre en el Estadio Alfonso López de Bucaramanga, 4 muertos y varios heridos; en 1985, luego que el M-19 se tomó el Palacio de Justicia desaparecen 11 civiles que habían salido con vida del Palacio; en 1989, durante un falso operativo en el edificio Altos del Portal en Bogotá, cuatro personas son asesinadas por militares involucrados con el Cartel de Medellín.

Cuando terminaba mi bachillerato y me enfrentaba a un nuevo mundo, recuerdo con dolor la omisión por las masacres de Mapiripán cuando las Autodefensas Unidas de Colombia asesinan a cuarenta civiles. ¿Dónde estaba el Ejército?, ese mismo año (1997), la aparente implicación de militares en la Masacre de El Aro en Ituango, donde las Autodefensas Unidas de Colombia asesinan a 15 campesinos.

En este nuevo siglo, en el 2003, la famosa guaca de dólares de las FARC-EP; en 2006, militares asesinan a 10 policías y a un civil en Jamundí; en el 2008, la muerte de miles de jóvenes presentados como guerrilleros en los llamados «falsos positivos«. 

Recientemente, en el 2019, 18 niños son bombardeados en operaciones contra las disidencias de las FARC-EP con aparente conocimiento previo de la existencia de los menores lo que se convierte en doble crimen: permitir el reclutamiento y luego asesinarlos.

Este año siete soldados violaron a una niña indígena en el departamento de Risaralda y reconocimiento de otra niña indígena violada en 2019 en Guaviare, también revelan 118 investigaciones a militares por delitos sexuales contra menores y como no recordar el soldado que, en compañía de otros desadaptados, celebran el lanzamiento de un perro por un barranco.

Todo lo anterior son solo algunos casos de corrupción y escándalos de lo que es pagado por nosotros y que en su misión está “cuidar nuestra vida, el erario del estado y generar un ambiente de paz”. Estos delitos y crímenes pasaban desapercibidos, pero ahora estamos reaccionando; las nuevas generaciones son más sensibles con la defensa de los derechos colectivos, la vida, la naturaleza y el medio ambiente; por lo que nuestro pie de fuerza se debe adaptar a esos cambios, teniendo también sensibilidad social.

El ejercito tiene una buena misión, nuestros gobiernos lo están dañando. Los soldados eran entrenados para servir, para la paz; pero hoy no sabemos para quien sirven, pero son hijos ajenos usados como carne de cañón, para la guerra a costa de lo que sea y sin pudor.

En mi columna pasada hablé de la policía, no pretendo atacar instituciones. Al contrario, quiero llamar la atención de quienes la conforman, de sus jefes y de todo el pueblo colombiano para que reaccionemos y construyamos todos un futuro con la verdad, en justicia y en paz.

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